Magnum es un mito creado, imagen a imagen, por muchos nombres icónicos de esta profesión Robert Capa, Henri Cartier-Bresson, David Seymour, Eve Arnold, Inge Morath… La tribu errante del cine no escapó a sus objetivos La agencia fijó el foco en la parte más íntima de los rodajes
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La imagen del vaquero John Wayne, inmortalizada en 1959 durante el rodaje de El Álamo. Detrás, un atrezista con un caballo de cartón piedra a la medida del actor. / MAGNUM |
En 1946, un año antes de la fundación de la agencia Magnum, Robert Capa viajó a Hollywood invitado por su amante, Ingrid Bergman.
El fotógrafo húngaro y la actriz sueca se habían conocido poco antes en
París. De la mano de Bergman, el fotorreportero más famoso de la
historia, el hombre que pisaba todos los frentes bélicos, entró con su
cámara en un estudio de cine para descubrir otro tipo de contienda. El
rodaje de Encadenados, de Alfred Hitchcock, fue la semilla de
un idilio mucho más fructífero y longevo que el de la bella estrella y
el aguerrido reportero. Fue el nacimiento de la futura relación de
Magnum con el cine, tan importante e icónico como el vínculo de la
agencia con la realidad misma. La exposición La cámara indiscreta. Tesoros cinematográficos de Magnum Photos,
que se inaugura el 1 de abril en la Sala Canal de Isabel II organizada
por la Comunidad de Madrid, reúne más de cien imágenes que recogen
aquella aventura entre fotografía y cine. Matrimonio que, como tantos,
se acabó acomodando con los años hasta perder el fuego y la frescura de
sus inicios.
Pero volvamos al principio. A la intensa Ingrid Bergman en Encadenados,
envenenada por su marido nazi, el diminuto Claude Rains al lado de la
sueca gigante, empujada a la muerte por su amor, el contenido agente
Cary Grant. Y todos ellos, actores, personajes, técnicos, movidos por
los hilos de Hitchcock,
que sobrellevaba el peso de su imaginación y el sopor de las horas de
rodaje corrigiendo el ojo de la cámara de Ted Tetzlaff, su operador.
Como testigo, Capa, atraído por la ambivalencia de la situación, por la
realidad confrontada a la ficción y la ficción devorando la realidad,
por esa tribu errante y sin patria que formaba el cine.
Hasta entonces la fotografía de rodajes como la entendemos hoy no existía. Los estudios solo hacían imágenes para vender las películas
Como recuerda el crítico francés Alain Bergala en su libro Magnum Cinema,
el abanico de amistades cinematográficas del fotógrafo húngaro era
amplio, Gary Cooper, Billy Wilder, Gene Kelly, Joseph Mankiewicz… Pero
de todas ellas fue una la que sellaría la relación épica de la agencia
con el cine y sus estrellas: la de John Huston, a quien le gustaba el
azar tanto como a él, y que anteponía la vida a cualquier jornada de
trabajo. El juego, los perros, la caza, la familia…, en las prioridades del director de El tesoro de Sierra Madre
las películas parecían quedar fuera de campo. “La relación de Magnum
con el cine siempre fue una relación muy natural, más personal que
profesional”, recuerda Emmanuelle Hascoet, directora de exposiciones de
Magnum en París y encargada de la selección que viaja a Madrid. “Hasta
entonces la fotografía de rodajes como la entendemos hoy no existía. Los
estudios solo hacían imágenes publicitarias para vender la película. No
había punto de vista. Magnum descubrió la parte más íntima de los
rodajes. Por primera vez se vio lo que no se había visto antes. Lo
cierto es que sin la amistad de los fotógrafos con muchas de las
estrellas esto jamás hubiese ocurrido”.
La película que marca el mayor hito, y quizá el punto sin retorno, fue Vidas rebeldes, de Huston. Un drama escrito por Arthur Miller para su esposa, Marilyn Monroe.
El filme, rodado en 1960, dejaba a su suerte a un grupo de personajes
inadaptados en una ciudad fronteriza y dedicada al juego, Reno, en
pleno desierto de Nevada. La amistad del entonces director de Magnum en
Nueva York con el productor de la película, Frank E. Taylor, provocó un
encargo tan insólito como histórico: había que evitar a toda costa el
aluvión de paparazis que ocasionaría el reparto. Así que para
solucionarlo, la agencia suministraría grandes cantidades de material a
las revistas. Al rodaje asistieron nueve fotógrafos de Magnum.
La idea inicial era formar parejas de dos cada quince días. Un abordaje
inédito que sin duda ha multiplicado la leyenda que rodea el filme y a
su equipo.
La relación de Magnum con el cine siempre fue una relación muy natural, más personal que profesional, recuerda Emmanuelle Hascoet, directora de exposiciones de Magnum en París
Como si se tratase de un ejército paralelo, Magnum envió a sus
mejores hombres y mujeres para exprimir la vida de aquella concentración
de belleza, talento y desgracia. Nadie en ese momento sabía que iba ser
la última película de Clark Gable, que moriría poco después de un infarto; ni la de Marilyn,
que apenas la sobreviviría durante un penoso año. A la brecha de Gable y
Marilyn se sumaba la herida de Montgomery Clift, por la que se colaban
todas las drogas y el alcohol posibles. El actor se pasaba las noches en
vela reescribiendo su papel. El rodaje resultó duro y agotador. Se
duplicó el coste. Huston se jugaba el sueldo en el casino y Marilyn,
para desesperación de todos, solo hacía caso a su profesora y confidente, Paula Strasberg.
El rodaje se interrumpió por una crisis de la actriz, que acabó
ingresada en Los Ángeles durante dos semanas por sus problemas con las
pastillas para dormir y para despertar.
El batallón de Magnum lo registró todo sin invadir nada. De la
luminosa energía de los primeros días a la oscuridad del tránsito y la
tristeza y nostalgia del tramo final. Cada fotógrafo, además, miraba a
su manera. Marilyn se llevó la peor parte en la vida real, pero nadie
podía competir con ella si se trataba de seducir a una cámara. Devoraba
los carretes. Por el rodaje pasaron primeras figuras. Cornell Capa,
hermano de Robert, que había ingresado en la cooperativa después de su
muerte; Henri Cartier-Bresson,
otro de los fundadores junto al polaco David Seymour Chim y el inglés
George Rodger; Bruce Davidson, un joven fotógrafo que meses antes había
sacado oro de una inquietante cena entre Yves Montand, Simone Signoret,
Arthur Miller y Marilyn; Ernst Haas,
el austriaco al que debemos la mejor serie que existe frente a un
objetivo de Robert Capa; Eliott Erwitt, que ya había fotografiado entre
otras La ley del silencio, de Elia Kazan; Erich Hartmann, judío
alemán que a los 16 años había emigrado a Estados Unidos huyendo del
nazismo; Dennis Stock, el compañero de viajes de James Dean, con buen
ojo y buena mano con las estrellas; Eve Arnold, la gran amiga de Marilyn
y una de las que mejor supo retratarla, e Inge Morath,
otra gran fotógrafa cuya presencia en el rodaje tomó un inesperado
protagonismo al enamorase de Arthur Miller y desencadenar el final de
una muerte anunciada: el matrimonio con Marilyn.
Juntos, los fotógrafos de Magnum crearon un fresco irrepetible. “Lo
interesante eran ellos, no las fotos”, señaló una vez Elliot Erwitt
cuando le preguntaron por aquel trabajo que fijó en la memoria decenas
de imágenes icónicas de la historia del cine y de la fotografía. “Fue
algo excepcional. Bien organizado. Pero cuyos resultados fueron muy
fuertes”, afirma Emmanuelle Hascoet. “No se volvió a repetir. Los
fotógrafos de Magnum siguieron yendo a los rodajes, pero jamás de esta
manera”. Con los años, los buenos fotógrafos empezaron a huir del cine
de Hollywood, espantados por una industria mucho más hermética hacia sus
estrellas, consentidas a un control final del producto que ha devaluado
su imagen hasta perder el interés. Como decía hace poco en Madrid Mary
Ellen Mark, la mítica fotógrafa de Apocalypse Now, de Coppola, o del Satiricón, de Fellini, los actores son siempre un regalo, “pero solo cuando uno se puede acercar de verdad a ellos”.
El cine forma parte del mito de Magnum, “forma parte del corazón de
la agencia”, en palabras de Hascoet. Magnum enseñó a mirar el cine a
través de la fotografía, a descubrir secretos que la pantalla ocultaba.
Sin mentiras, con la verdad que nace del respeto mutuo. Por su parte,
el cine abrió el campo de acción de la fotografía a un terreno
ilimitado: el de la épica y la imaginación, el de los infinitos rostros
de los actores. Capas de realidad que se resumen en la imagen de Eugene
Smith de Chaplin mirando por el ojo de una cámara dejando ver a su vez
el agujero del zapato de Charlot; o toda la serie de Elisabeth Taylor en
De repente, el último verano,
donde Burt Glinn capturó por primera vez el volcán que latía en la
actriz; o la lucha contra la naturaleza que también fue la versión de Moby Dick de Huston,
fotografiada en Canarias por Erich Lessing; o la inmensidad de Castilla
frente a la inmensidad de Orson Welles en una imagen de Nicolas
Tikhomiroff en un descanso para comer de Campanadas a medianoche;
o la maravillosa mirada de Alfred Hitchcock a Vera Miles en una imagen
de Elliot Erwitt del año 1957 que revela como ninguna otra quién fue,
lejos de los repetidos lugares comunes, la actriz a la que de verdad amó
el cineasta o esa legendaria imagen tomada por Dennis Stock desde la
distancia de los verdaderos hombres del Oeste a John Wayne en El Álamo,
con el viejo vaquero seguido de cerca por un hombre del atrezo que
carga un caballo de cartón piedra. Brutal metáfora de un universo que
agonizaba, ofrecida al mundo desde la admiración de quienes nunca fueron
tratados como extraños, sino como parte de la misma tribu.
La exposición Magnum on set se puede visitar del 2 de abril al 27 de julio en la Sala Canal de Isabel II de Madrid ( Santa Engracia, 125).
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