Aunque fue economista, dejó su profesión cuando descubrió que su verdadera pasión era la fotografía. Sin duda, se trata de un hombre que ha mirado a la humanidad con una dosis de compasión y que encontró en la naturaleza una probable redención. Entrevista
La primera fotografía que Sebastião Salgado tomó en su vida muestra a su esposa, Lélia. La muestra el documental La sal de la tierra, que el director alemán Wim Wenders y Juliano Salgado, hijo de Sebastião, le dedicaron el año pasado a la vida y obra del fotógrafo brasileño: Lélia está sentada en el alféizar de una ventana en un cuarto muy oscuro con su rostro dirigido al sol, que brilla afuera. El contraste drástico convierte a la mujer en poco más que una silueta, dividida entre la claridad y la oscuridad radicales.“Empecé a tomar fotos muy tarde, cuando tenía casi 30 años. Esa imagen de Lélia fue realmente mi primera fotografía”, dice Salgado, sentado en un museo de Berlín, a donde ha venido a presentar Génesis, su proyecto fotográfico más reciente, y a hablar sobre el cambio climático ante un auditorio a reventar. Se le ve cansado. En los últimos meses ha visitado una docena de países con Génesis, ha respondido las preguntas de periodistas de todo el mundo. Sin embargo, el pavor que me produce la perspectiva de una entrevista desganada se disipa muy pronto. Salgado escucha las preguntas con paciencia y sin interrumpir. Responde sin afán, escogiendo las palabras con cuidado, y en ellas se puede saborear –sin importar si Salgado habla en español, francés o inglés– la cadencia del portugués del Brasil. “Era 1970. Estábamos en el sur de Francia y acabábamos de comprar una cámara Pentax que Lélia necesitaba para tomar fotos de arquitectura –recuerda–. Yo nunca antes había mirado a través del visor de una cámara. Pusimos el rollo dentro y estábamos intentando entender cómo funcionaba el aparato. Tan pronto tomé la foto de Lélia, la fotografía empezó a invadir mi vida”.La cabeza calva y blanca de Salgado y su forma apacible de hablar hacen pensar en un monje budista. Las imágenes de sus primeros viajes en los años setenta por Sudamérica, África y Asia lo muestran –hombros anchos, barba rebelde y melena rubia– como una mezcla de vikingo y revolucionario latinoamericano. Es probable que el Salgado de hoy tenga algo de todas esas cosas. Sus ojos azules se posan solo por segundos en los del entrevistador, y esa timidez sorprende: Salgado es uno de los fotógrafos más prestigiosos del mundo, un notable activista ambiental y después de La sal de la tierra–premiada en el Festival de Cannes de 2014, ganadora del premio César en Francia y nominada a inicios de 2015 al Óscar a mejor documental–, una figura de culto de la llamada fotografía sociodocumental.
80 fotos en un minuto
Sebastião Salgado nació en 1944 en Minas Gerais, Brasil, y creció en la finca de sus padres. En São Paulo estudió Economía y en 1967 se casó con la pianista Lélia Deluiz Wanick. Su militancia de izquierda, y el riesgo de ser apresados por la dictadura, obligó a la pareja a exiliarse en París en 1969. Allí, Sebastião escribió una tesis doctoral y Lélia comenzó a estudiar Arquitectura. En 1971, Salgado empezó a trabajar en Londres para la Organización Internacional del Café. “Trabajando como economista, empecé a hacer viajes por África y a tomar fotos –relata–. Cada vez que regresaba a Londres sentía que la fotografía me producía mucho más placer que la economía. Así que en un momento le dije a Lélia que quería trabajar como fotógrafo. Ella me apoyó y en 1972 regresamos a París. El comienzo fue difícil. Yo solo era un amateur. Pero trabajaba de forma muy decidida”.Tanto, que poco después ya trabajaba para las principales agencias de fotografía de Francia: Sygma, Gamma y finalmente, en 1979, Magnum –que había sido fundada por Robert Capa, Henri Cartier-Bresson y otros–, donde estuvo 15 años. En 1981, Salgado recibió el encargo de la revista estadounidense Time de fotografiar durante varios días al presidente Ronald Reagan. Cuando el 30 de marzo de ese año John Hickley Jr. le disparó seis veces a Reagan en el hotel Hilton de Washington, Salgado estaba muy cerca. Sus fotos del atentado (con varias cámaras, Salgado tomó casi 80 fotos en un minuto), produjeron tanto dinero que pudo comprar el apartamento de París en el que vive aún hoy con Lélia y su segundo hijo, Rodrigo –nacido en 1979 con síndrome de Down– y preparar desde allí los viajes que darían origen a los primeros proyectos fotográficos: Otras Américas, sobre la vida en el campo suramericano, y Sahel, que documenta la sequía inclemente en el norte de África. Ambas colecciones aparecieron como libros en 1986, y ellas fundamentan la reputación de Salgado como reportero fotográfico comprometido.
“¿Qué otras historias quieres que yo contara?”
Si bien la primera foto de Lélia es a color, y durante su posterior carrera Salgado solo ha trabajado en blanco y negro (“Siempre he sido un contador de historias y los colores producen una desconcentración profunda”), en aquella primera imagen se encuentra mucho de lo que caracteriza la obra de Salgado. Allí está ya la manía de trabajar a contraluz y los contrastes de iluminación dramáticos: “Vengo de un país de luz intensa. Cuando era niño todo sucedía a mi alrededor bajo una iluminación muy fuerte, así que aprendí a ver el mundo a contraluz –dice Salgado–. Hoy, cada vez que miro por el visor, veo que todo lo que está a contraluz tiene contorno, es rico en detalles. Y todo lo que está iluminado con luz mediana no tiene sorpresas”. Está la sensación de dignidad de la persona fotografiada. Y allí está, por supuesto, Lélia, quien hasta hoy prepara los viajes del fotógrafo, que suelen durar años enteros, es curadora de sus exposiciones, diseña los volúmenes de fotos y lo acompaña en muchas de sus charlas en todo el mundo.Lo que aún no está en aquella primera foto, sin embargo, es lo que durante más de tres décadas fue el tema de la obra de Salgado: los trabajos del ser humano. Sus fotografías del hambre en África, de la lucha impotente de bomberos contra el fuego espectacular de las torres de petróleo en Kuwait tras la Guerra del Golfo Pérsico, de los desplazados de la guerra en Etiopía y del genocidio en Ruanda: su tema constante son los afanes y las necesidades –pero también, una y otra vez, el empeño de supervivencia– de la gente en el llamado “Tercer Mundo”.Varias cosas se enfrentan en la contemplación de las fotos de Salgado: el asombro frente a la fuerza épica de escenas que dan la impresión de haber ocurrido hace miles de años. (Esto es particularmente claro en las imágenes de 1986 de las minas de oro de Serra Pelada, en Brasil, que parecerían documentar la construcción de la Torre de Babel o de las Pirámides). Se mezclan con aquel asombro el desconsuelo, la vergüenza y el embeleso que produce contemplar fotos de la miseria ajena. Y choca con todo ello la atracción estética que causan fotografías que son, a fin de cuentas, obras de arte.Salgado ha sido criticado por atenuar el dolor a través de la belleza de sus fotos, por “explotar el sufrimiento” (un libro alemán sobre su obra incluso se titula: El glamour de la miseria). A esto responde inquieto: “La gente en los países ricos cree que la realidad corresponde a su vida. Pero la vida de la mayoría de la gente en el mundo, en Brasil, Colombia, India, África o China, del 80 % de la humanidad, no es sencilla. Yo quería contar historias. Y viniendo de donde vengo, ¿qué otras historias quieres que contara? Yo quiero mostrar las cosas como son”.
El planeta entero
El registro insistente de esa realidad dejó, sin embargo, su rastro en el fotógrafo. Después de los años que pasó documentando el genocidio y el desplazamiento en África –al que dedicó los proyectos Éxodos y Los niños de la migración, publicados en 2000–, Salgado estaba roto. “Sufrí una gran decepción con mi especie. Mi salud no estaba bien, casi había entrado en una depresión –explica–. Los seres humanos somos una especie depredadora, durísima con nosotros mismos, la única capaz de crear una industria para matarnos unos a los otros, para entrenar gente para reprimir y asesinar”. Salgado dejó de tomar fotos y se refugió con su familia en Brasil.La interrupción de su trabajo como fotógrafo se extendió durante un par de años. El siguiente proyecto de Lélia y Sebastião no tendría nada que ver con fotografía. Y sin embargo aquel proyecto, que continúa hasta hoy, en cierta forma salvó a Salgado, también como fotógrafo. A finales de los años noventa, y por iniciativa de Lélia, la pareja decidió reforestar la región inmensa alrededor de la finca de la familia de Salgado, que desde hace décadas estaba completamente marchita a causa de la ganadería y la tala de árboles. El Instituto Terra, surgido de aquella idea, ha plantado hasta hoy dos millones y medio de árboles nativos. La vegetación y los ríos locales se han recuperado y la gran mayoría de las 7.000 hectáreas de bosque amazónico rescatadas son actualmente un parque nacional.En 2004, Salgado decidió una vez más salir de viaje con su cámara. “A través de nuestro trabajo ambiental descubrí la riqueza de las otras especies, entendí que, por ejemplo, los trabajos de las hormigas son quizá más grandes que el mío”. Inicialmente, Salgado pensó en documentar la destrucción del planeta, pero al final decidió dedicar el que, según él, será quizá su último gran proyecto fotográfico, a algo muy distinto. Esta vez, los viajes de Salgado duraron ocho años: lo llevaron desde los desiertos africanos hasta las estepas congeladas de Siberia, y las fotografías surgidas de allí, reunidas bajo el nombre de Génesis, muestran la mitad del planeta que hasta hoy permanece intacta –volcanes, glaciares, bosques–, y las tribus y animales que los habitan. El ímpetu prehistórico de las fotos anteriores está completo en el nuevo proyecto, así como la obsesión de explorar un tema hasta el límite. En su libro Trabajadores (1993), Salgado había querido hacer una “arqueología de la era industrial”, para lo cual registró minuciosamente fábricas hirvientes, obras en construcción, vías ferroviarias en medio mundo. Con Génesis, la ambición de Salgado era un poco más extensa: el planeta entero.“Gracias a Génesis –dice Salgado–, entendí que todo está vivo y que la naturaleza es increíblemente inteligente. Yo había visto mucho infortunio. Cuando terminé este proyecto, me sentía mucho más optimista”. ¿También respecto al ser humano? “No –responde Salgado sin dudar–. Temo que no vamos a durar mucho tiempo. Si vemos nuestras ciudades, es claro que ya estamos saliendo del planeta, que cada vez tenemos menos vínculos con la naturaleza. Quizá podamos sobrevivir si logramos volver al planeta. Pero algo tiene que cambiar”. Hay mucha angustia y urgencia en esas palabras, pero no hay resignación. Mientras Sebastião Salgado cuenta cómo una idea descabellada logró reavivar su tierra, cómo un árbol es un mecanismo perfecto que puede redimir todo un ecosistema, su voz transporta una calidez y un entusiasmo inmensos. Y cuesta creer que el juego entre la luz y la oscuridad haya terminado.
Argumentos y guiones. Directores y sus actores y actrices.Proyectos de películas y los concursos. Y por supuesto, las críticas ajenas y propias cuando veo cine-en-ojo
9/6/15
Instrucciones para engañar a la oscuridad
3/6/15
Película colombiana "Ella", seleccionada como mejor filme latinoamericano
El filme de Libia Stella Gómez ganó en el Festival Latinoamericano de Cine de Tigre, Argentina
Fotograma de Ella de Libia Stella Gómez/elespectador.com La película colombiana "Ella", de la directora Libia Stella Gómez, fue galardonada como el mejor largometraje en el Festival Latinoamericano de Cine de Tigre, Felcit, que se llevó a cabo entre el 26 y el 31 de mayo en la ciudad de Tigre, Argentina.Rodada en los cerros de Ciudad Bolívar en Bogotá, "Ella" es un filme "íntimo y conmovedor que invita al espectador a reflexionar sobre la vida, la muerte, la indolencia y la dignidad; problemáticas sociales que inspiraron a la directora, para construir cada uno de los personajes a la medida de quienes los representarían. Para ella, la fuerza de la historia recae en la interpretación, más que en cualquier otra herramienta narrativa", dicen los productores del largometraje.Además de Humberto Arango, el elenco cuenta con la participación de Reina Sánchez, Andrés Castañeda, Shirley Martínez y la participación de la joven actriz, natural de Ciudad Bolívar y Deisy Marulanda.El estreno de "Ella" en las salas de cine nacional está programado para el próximo 11 de junio.
2/6/15
Cineclub UC: 40 años educando el ojo
El cineclub universitario de labores ininterrumpidas más antiguo de Latinoamérica celebrará sus 40 años con un ciclo de películas de los años setenta, década en la que fue fundado
Fachada del Teatro México en el centro de Bogotá, sede cultural de la Universidad Central. /elespectador.com Mucho antes de que el cine se convirtiera en una industria alimentada por producciones espectaculares que llenan las salas de los centros comerciales y que cada vez acercan más a los espectadores a experiencias de inmersión (realidad 3D, domos y simuladores en los que el público puede escoger y vivir su propia película), las circunstancias de difusión del séptimo arte entre quienes se interesaban por él eran muy distintas.El cine nació en París a finales del siglo XIX y ya durante las primeras décadas del XX comenzó a generarse una cultura importante en torno a él. En 1920, el director, crítico y dramaturgo Louis Delluc creó un club privado para la presentación de películas que no se proyectaban en las salas comerciales. Delluc decidió llamarlo “cineclub” y allí reconocidos directores, escritores, intelectuales y artistas de la época se reunieron para apreciar las cintas y generar ejercicios críticos a partir de este ejercicio.Esta práctica de naturaleza reflexiva, emancipada de la actividad comercial de las productoras de cine, se difundió rápidamente en países como España, Alemania e Inglaterra. Pero fue a finales de la década de 1940 que llegó a Colombia, por iniciativa de Luis Vicens. Este cinéfilo y librero catalán llegó a Santa Fe de Bogotá para fundar en 1949 el primer cineclub de América Latina: el Cineclub de Colombia. Aunque la primera proyección de cine en nuestro país data de 1897, la instauración del Cineclub de Colombia marcaría el inicio de una intensa actividad cultural alrededor del séptimo arte.Otro pionero e infatigable apasionado por el universo del celuloide fue el bogotano Hernando Salcedo Silva, cinéfilo, crítico y recordado como generoso promotor de la cultura cinematográfica en la capital. Salcedo continuaría la labor de Vicens y actuaría como inspirador y colaborador en la creación de nuevos espacios para el cine. Además, plasmaría parte de su saber en las páginas de este mismo diario, como lo hiciera Gabo, su contemporáneo y cómplice en esa aventura.Los años setentaPese a las dificultades financieras y de difusión que afrontó por mucho tiempo el medio cinematográfico en Colombia, los cineclubes se convirtieron en importantes puntos de encuentro para el intercambio de conocimientos, ideas, inquietudes y reflexiones en torno al cine. Asimismo, quienes impulsaron la actividad de los cineclubes se preocuparon por la apropiación, preservación y difusión de la cultura y el patrimonio fílmico, preocupación que se materializó en la creación de cinematecas como la de Colombia, fundada por Luis Vicens, y la Distrital, inaugurada en 1971.A partir de 1970, gracias a las iniciativas de inquietos jóvenes cinéfilos y de académicos vinculados a universidades como la Nacional, la Javeriana, la Tadeo, el Externado, los Andes y la Central, Bogotá se convirtió en un escenario propicio para la militancia cinematográfica. En medio de un escenario político tenso en América Latina, los estudiantes reclamaban también a través del activismo cultural e intelectual garantías sociales.En ese momento ya eran famosos espacios como Cine Arte, Gente de Cine y Núcleo en Argentina, así como sus revistas; y el Salón Cinematográfico y La Cinemateca Luis Buñuel en México, un coloso de la industria del cine, que tuvo momentos de esplendor y decadencia. En Colombia, los cineclubes bogotanos se alimentaban y aprendían de las experiencias de grupos como el de Barranquilla y el de Cali.El Cineclub de Cali fue especialmente representativo, por una parte, debido a que la programación de sus ciclos evidenciaba un conocimiento profundo y acertado, y por otra, gracias a su revista Ojo al Cine, una de las primeras y más relevantes publicaciones especializadas en cine de Latinoamérica, y en la que colaboradores nacionales y extranjeros ampliaban los horizontes de la crítica cinematográfica.Esta revista, de la que solo circularon cinco números, entre 1974 y 1976, era dirigida por Andrés Caicedo, Luis Ospina, Carlos Mayolo, Ramiro Arbeláez y Patricia Restrepo, todos ellos sobresalientes en su relación con el cine en Colombia (directores, productores, guionistas y teóricos) y quienes también mostraron un gran interés en difundir y promover el cineclubismo en Bogotá.Por esa época, la actividad de los cineclubes en la capital era liderada aún por Hernando Salcedo Silva, quien guiaba a Juan Diego Caicedo González, del grupo denominado Los Tres Diegos. También se destacaban Orlando Mora y Jaime Acosta, quienes fueron miembros activos del Primer Encuentro Nacional de Cineclubes y del comité de la Federación Colombiana de Cineclubes.Surge el Cineclub Universidad CentralEn ese momento, Jaime Acosta Morales estaba interesado en crear un cineclub en Bogotá y para llevar a cabo este proyecto contó con dos apoyos fundamentales, el primero: la asesoría de Andrés Caicedo, reconocido entonces como crítico de excepcional formación; y el segundo: el fuerte vínculo existente entre artes y academia que ha tenido lugar en la Universidad Central. Allí, Jorge Enrique Molina, entonces rector y uno de sus fundadores, y el filósofo y escritor Álvaro Rojas de la Espriella, director del Departamento de Humanidades, dieron luz verde a la iniciativa.El 7 de junio de 1975, el Cineclub dio inicio a sus actividades, que hoy, cuatro décadas más tarde, no han sido interrumpidas y son motivo de celebración.Cine con claseEn su primera etapa, el Cineclub funcionó en el auditorio de Radio Sutatenza en Bogotá, donde se programaba una función los sábados en la tarde. Los ciclos de directores, movimientos o géneros cinematográficos eran acompañados de hojas informativas, introducciones y foros orientados a fortalecer su labor como espacio para la formación de público.En su ensayo Los cineclubes bogotanos, recopilado en el proyecto Bogotá Fílmica, del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC) y el Instituto Distrital de las Artes, el crítico, docente e investigador Juan Diego Caicedo González recuerda: “Acosta programó de acuerdo con el gusto de Caicedo, lo que para el público de entonces era toda una novedad; películas de directores independientes, obras malditas, veladas y marginales dentro de la exhibición, filmes de horror y terror”, y agrega con respecto a las críticas impresas que se entregaban: “la mayoría eran de la autoría de Caicedo o tomadas de alguna revista española o peruana, como Hablemos de Cine [...] En eso consistió la revolución cineclubística de la Central: un nuevo gusto, otra manera de ver el cine, otro género de crítica, hacían su aparición en la ciudad”.Luego, desde 1978 y durante más de una década, el Cineclub estuvo bajo la dirección de Patricia Restrepo, quien fuera integrante del comité de redacción de Ojo al Cine y quien además de la programación que organizaba en ese momento en la Cinemateca Distrital, se propuso, con el apoyo del Departamento de Humanidades y Letras de la Universidad Central, realizar publicaciones como Función Social de los Cine-Clubes; Los mediometrajes de Focine; Diego León Giraldo, el cine como testimonio; Cine norteamericano; la Nueva ola, de la crítica a la realización; Wim Wenders, El arte del movimiento; Rainer Werner Fassbinder y Andrei Tarkovski.La intención del Cineclub de formar un público capaz de conocer los elementos constitutivos de una película y de analizar de forma objetiva y crítica el texto fílmico desembocó en la creación de talleres de apreciación cinematográfica, que luego se convertirían en los Talleres de Apreciación Permanente, bajo la dirección de Julio Contreras, entre 1992 y 1995.Parte de ese proceso fue la creación de espacios y actividades orientados a la divulgación del cine como expresión humanística y a la formación de público, tales como los Talleres de Oficios para la formación en producción audiovisual y las publicaciones que recogían las experiencias de estos. Desde 1996, la revista Cuadernos del Cineclub, iniciativa de Mauricio Durán, quiso continuar en esa misma dirección y darles unidad y frecuencia a las publicaciones.Joyas del patrimonio cultural y arquitectónicoA partir de 1998, el Auditorio Fundadores del Teatro México, antiguo Cinema Azteca, construido en la década de 1960 por la productora mexicana de cine Pelmex y adquirido por la Central en 1994, se convirtió en la sede permanente de proyecciones del Cineclub. Ubicada en la acera sur de calle 22, entre las carreras quinta y séptima, en pleno corazón de la ciudad, esta construcción forma parte, junto con el Teatro de Bogotá y el Teatro Faenza, de un complejo cultural abierto al público, donde convergen la conservación de una parte esencial del patrimonio arquitectónico bogotano y una actividad que busca preservar parte del patrimonio cinematográfico de la humanidad.En 1999, Iván Acosta Rojas, actual director del Cineclub, y Ramiro Camelo propusieron ampliar la programación mediante la proyección de ciclos temáticos, contextualizados o de autor, ya que hasta ese momento se realizaba solo una proyección semanal durante el período académico.El Cineclub hoyActualmente, el Cineclub Universidad Central es sede de eventos cinematográficos de exhibición y académicos en el país; ha acogido a personalidades del cine como Peter Greenaway, Roman Gubernt, Guillermo Arriaga J. y Ciro Guerra, entre muchos otros, y es espacio importante de festivales y muestras audiovisuales como el Festival de Cine Europeo Eurocine, el Festival de Cine de Bogotá, el Festival de Cine Ruso, la Semana Documental (organizada con el Festival de Cine Latino de Nueva York), el Festival Beeld voor Beeld, la Muestra Internacional de Documental, el Zinema Zombie Fest y varios más.En el último año el Cineclub registró más de 18.000 asistentes a sus eventos, ha acercado la universidad al público bogotano y aumentado su presencia en las actividades cinematográficas de la ciudad, mediante los ciclos y eventos audiovisuales que programa durante once meses del año. También colabora en la creación de nuevos cineclubes y asesora espacios para la formación de públicos como los de la Universidad Nacional de Colombia. Desde comienzos de este siglo es gestor y fundador de la Asociación Nacional de Cineclubes La Iguana.La formación de públicos con una visión objetiva no solo frente al cine, sino también frente a los medios audiovisuales, ha sido uno de los intereses que han guiado con mayor fuerza las actividades del Cineclub. Esta labor se ha manifestado en los criterios de programación de ciclos, eventos, foros, seminarios, talleres, conversatorios y conferencias dirigidas a diferentes sectores del público y que se enmarcan en la función educativa y social de la universidad en Colombia.
Laura Zoar Blanco Adarve.Licenciada en Español y Filología Clásica de la Universidad Nacional y correctora de estilo de la Universidad Central.
28/5/15
Gente de bien: estreno nacional 28 de mayo
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26/5/15
Muere Vicente Aranda, cineasta del amor, el sexo y la literatura
El director de Amantes protagonizó agrias polémicas con escritores como Marsé y GalaEl director de cine barcelonés Vicente Aranda, que falleció ayer a los 88 años en su casa de Madrid, deja tras de sí una obra amplia y variada merecedora de numerosos premios, entre ellos el Nacional de Cinematografía de 1988. También lega a la posteridad numerosas polémicas con productores, actores y críticos, a los que caricaturizó en alguna de sus películas. Fue Vicente Aranda un hombre que no se mordía la lengua y que saltaba al ruedo a pecho descubierto. Pero sobre todo fue un cineasta de talento al que se deben películas muy notables y, desde luego, personales.
Sostenía que siempre había tenido quince años más de lo que le correspondía, seguramente porque comenzó su carrera cinematográfica más tarde que otros directores de su generación. Esperó hasta los 39 años para dirigir su primera película, Brillante porvenir (1965), y lo hizo al alimón con Román Gubern, también autor primerizo. Hasta entonces Aranda había vivido en Venezuela, adonde se marchó a trabajar en temas informáticos, abandonando su Barcelona natal. Fue, pues, tardío en llegar al cine, y lo hizo, como presumía, “desde la nada a director, es decir, sin ningún paso profesional intermedio”, pero de forma contundente, como demuestran sus 25 largometrajes, a los que habría que añadir los espléndidos trabajos que hizo para televisión, como Los jinetes del alba y El crimen del capitán Sánchez. Mostró en todos ellos una visión de la vida y de nuestro país, amarga y realista, irónica y lúcida.
Liberación erótica
Al principio destacó dentro del movimiento renovador que supuso la llamada Escuela de Barcelona —Fata Morgana (1965)—, y más tarde, ya en plena libertad creadora, rodó películas como Las crueles, La novia ensangrentada, Clara es el precio (1975), Cambio de sexo (1976), La muchacha de las bragas de oro (1980), Fanny Pelopaja (1984) o Amantes (1991), esforzándose siempre en mostrar a personajes infelices que con frecuencia encontraban una liberación a través del sexo: “La no felicidad puede ser más creativa que la felicidad, más enriquecedora”, opinaba.
Respecto al sexo, claro que le interesaba, aunque se haya calificado de obsesión lo que para él era una reflexión sobre las turbulencias del amor y el abismo al que suelen conducir las pasiones, “las dos partes de la bomba, el amor y el sexo”. Destacadas fueron en este sentido ciertas ardientes secuencias de Clara es el precio con Amparo Muñoz, o las de Amantes y Si te dicen que caí con Victoria Abril, que se convirtió en su actriz fetiche. Sin olvidar a Ana Belén en La pasión turca, Ornella Muti en El amante bilingüe, Laura Morante en La mirada del otro, o Fanny Cottençon en Fanny Pelopaja.
La carrera de Vicente Aranda estuvo jalonada de ciertos tropiezos pero también de grandes éxitos como fueron, entre otros, las dos partes del legendario El Lute (1987), o la ya citada ácida versión de las relaciones amorosas que despertaron el interés del público en La pasión turca (1994), La mirada del otro (1997), Celos (1999) o Juana la Loca (2001). Inspirándose con frecuencia en novelas, conseguía traducir los textos ajenos en obras propias. Hecho que molestó a Juan Marsé, del que adaptó cuatro de sus novelas, disgusto que ocasionó un rifirrafe entre ambos; el novelista declaró que Aranda no era Hitchcock ni le llegaba a la suela de los zapatos, a lo que Aranda replicó que Marsé tampoco era Gustave Flaubert. Luego, al parecer, recuperaron en parte su vieja amistad. También Antonio Gala reaccionó indignado cuando vio la traslación al cine de su novela La pasión turca.
Otras novelas de Vázquez Montalbán, Luis Martín Santos, Antonio Gala, Gonzalo Suárez, Jesús Fernández Santos, Fernando Delgado o Juan Madrid fueron adaptadas al cine por Aranda, así como los clásicos Carmen (2003) o Tirante el blanco (2006). Su última obra fue Luna caliente (2009), con Eduard Fernández. En toda su filmografía jamás estuvo ausente el humor a pesar del carácter aparentemente huraño, de perenne cascarrabias con el que solía manifestarse. Ni cierto sentido del riesgo formal. “La vanguardia es imprescindible pero hay que disimularla”, le gustaba decir.
- Entrevista en 2007
- FOTOGALERÍA Las películas de Vicente Aranda
- VIDEOGALERÍA De 'El Lute' a 'Juana la Loca'
- "Hace 20 años que soy un viejo verde" (2010)
- "He vivido la pasión y estoy vacunado" (2003)
- "Las películas son cadáveres exquisitos" (1999)
- "Nuestro secreto es la complicidad" (1994)
- "Hay que disimular la belleza para que no resulte empalagosa"
- "Nunca iría a los Oscar"
- "Me gusta jugar con mercancía de contrabando"
25/5/15
Cámara de oro para César Acevedo
La tierra y la sombra, del director colombiano César Acevedo, fue reconocida ayer con el prestigioso premio Cámara de Oro del Festival de Cine de Cannes, otorgado a la mejor ópera prima del evento
César Acevedo en la premiación final./elespectador.com,eltiempo.com La cinta, que fue presentada en la sección paralela Semana de la Crítica del festival, ya había ganado el Gran Premio de esa sección antes de recibir el Cámara de Oro, que le fue entregado a Acevedo en la gala final del evento.Los premios anteriores de la cinta incluyeron el SACD (Sociedad de Autores), el France 4 Visionary Award (premio revelación) y Le Grand Rail D’Or (premio del público).Acevedo, realizador nacido en Cali en 1984 y quien ahora vive en Bogotá, agradeció conmovido el premio, el primero que se entregó durante la ceremonia de cierre del festival antes del anuncio de la Palma de Oro.Rodada en el Valle del Cauca con actores del lugar, la película traslada al espectador al recio universo de una plantación y de una familia arrollada por el implacable avance del progreso y la explotación de los recursos naturales. La cinta relata la historia de un campesino que regresa a su casa tras 17 años de ausencia. Pero al volver debe enfrentar los cambios y la pérdida inevitable de su pasado.“Esta película nació de un dolor personal. Mi madre acababa de morir, mi padre era como un fantasma. Quise hacer una película, pero todo lo que había venido a buscar había desaparecido con ellos, entonces tuve que tomar distancia”, dijo Acevedo en una entrevista con la agencia AFP, y agregó que “la sombra y el árbol es el símbolo del arraigo al lugar que cobija nuestras vidas familiares”.El realizador también ha estado detrás de dos cortometrajes, Los pasos del agua (2012) y La campana (2013), además de haber trabajado como asistente de Óscar Ruiz Navia en Los Hongos, premio especial del jurado del festival de Rotterdam.El hilo conductor de La tierra y la sombra es el estado emocional de los personajes y la evolución de sus sentimientos, a partir del aislamiento inicial, realzado por el horizonte de cañas que rodea su espacio vital. A medida que avanza la película, los personajes van cerrando heridas del pasado y reparando sus vínculos afectivos.La cinta es protagonizada por Haimer Leal, Hilda Ruiz, Edison Raigosa, Marleyda Soto y José Felipe Cárdenas y fue rodada en la casa familiar de estos cañeros, construida en un claro en pleno cañaveral, apenas al amparo de la sombra de un viejo árbol.“Es una película que está muy anclada en la cultura de esa región, con muchas significaciones directas, pero también llena de metáforas y alegorías de esa fatalidad del progreso, del olvido y la inevitabilidad de la ruptura familiar, la fragilidad de estas personas y de su soledad”, dijo Acevedo.'Después de Cannes, me toca buscar trabajo'
César Aceved, El director caleño habla de la huella que dejó en el festival, en el que ganó tres premios“Cuando la gente comenzó a aplaudir tanto –al finalizar la primera proyección en Cannes de La tierra y la sombra–, yo me salí a llorar. Me quebré. Después de tantos años de trabajo, esto era un verdadero logro. Cuando me di cuenta, detrás de mí estaba el director de fotografía de las películas de David Cronenberg (Peter Suschitzky), quien me dijo, emocionado, que le había encantado la película”.Con acento vallecaucano, el director César Augusto Acevedo recuerda el primer contacto que tuvo con uno de los jurados de la Semana de la crítica, espacio paralelo del renombrado festival de cine, donde su primer largometraje obtuvo tres premios, en un hecho inédito en la historia del cine nacional.“Su película es mejor que todo lo que yo he hecho”, remató Suschitzky, el pasado jueves, durante el último encuentro que tuvo con el caleño al entregarle los galardones: el SACD (de la Sociedad de Autores), el France 4 Visionary (premio al director revelación) y Le Grand Rail D’Or (el premio del público).La tierra y la sombra es el drama de una familia que retrata el regreso de un campesino, que años atrás abandonó su casa, para ayudar a cuidar a su hijo moribundo, mientras su mujer y su nuera trabajan como corteras de caña. A eso se suma su lucha contra el poder avasallador del progreso, que pretende destruir el lugar donde siempre han vivido.“Quería mostrar lo que vive una persona cuando vuelve a un lugar que ha cambiado mucho. Es una historia acerca de la lucha familiar por fortalecer sus lazos”, recalca el director.El relato se construyó a partir de una casa, un árbol y el universo de la caña de azúcar, con un ritmo pausado y dramático que expone también un elemento de identidad de Acevedo, quien desarrolló este proyecto a partir del fallecimiento de su madre. Con él buscaba también expresar una idea acerca del encierro, la soledad y la opresión de una manera simbólica y visualmente impactante.“Apenas terminó la ceremonia de premiación, abracé a mi papá, que me acompañó a Cannes, y llamé a mi hermana, pero casi no le entendía porque estaba ahogada en llanto de la felicidad. Esa noche celebré, pero solo, porque mis productores (de Burning Blue) se tuvieron que ir”, recuerda Acevedo (Cali, 1987).En la Semana de la crítica, tres grupos distintos de jurados insistieron en que La tierra y la sombra era una película hermosa y bien dirigida.“Me siento muy feliz por César porque, además de que somos amigos, he sido testigo de su paso por el cine. Él, de alguna manera, fue como un discípulo que ahora se convirtió en maestro”, dice el director caleño Óscar Ruiz Navia, recordado por 'El vuelco del cangrejo', en la que Acevedo fue asistente de producción, y por Los hongos, donde también trabajó como guionista.“Siempre ha sido un fanático del cine, desde las épocas en las que teníamos un cineclub en el espacio cultural Lugar a Dudas, en Cali. Es una persona muy sensible y con un talento muy especial para escribir. El guion de La tierra y la sombra fue una idea que se le ocurrió desde que estudiaba en la Universidad del Valle (donde se graduó en comunicación social) y me acuerdo de que cuando lo leímos, todos nos asombramos de lo bueno que era”, agrega Ruiz Navia sobre su amigo y colega.“César es muy organizado y llevaba muchos años trabajando en la idea de esa película. Es importante lo que le pasó en Cannes, pues refuerza un poco esa idea, que muchos de nosotros estamos trabajando, de dar paso a un cine de autor que pueda contar otras historias y con otros personajes”.Para Acevedo, todo lo que le ha pasado con el filme en el festival es solo el comienzo de un proceso largo.“Lo que sigue es acompañar la película, que la vea mucha gente. Llegaré a Colombia a seguir escribiendo mi nuevo filme (algo sobre las consecuencias de la violencia en nuestro país, contado desde el lado de los muertos, del lado de los fantasmas). Después de Cannes, me toca buscar trabajo. Vamos a ver si eso cambia después de lo que pasó con la película”, anota el realizador.La edición 68 del Festival de Cine de Cannes, que terminó este domingo, marcó un hito en la cinematografía colombiana, pues, además de La tierra y la sombra, también participaron Alias María y El abrazo de la serpiente –premiada en La Quincena de realizadores– y el proyecto El concursante, en Cinéfondation.“Esto ha sido muy bonito para alguien que está intentando hacer un cine más humano, que se aleja de esa idea de que con una película no necesitamos sentir o pensar un poco más, sino solo entretenernos”, explica Acevedo.
23/5/15
"La tierra y la sombra" gana tres premios en Cannes
La ópera prima del cineasta valluno César Acevedo compitió en la Semana de la Crítica del festival y se llevó varios de los principales galardones de la sección
Película La tierra y la sombra de César Acevedo./revistaarcadia.com Por primera vez una película colombiana gana tres premios en una misma sección del Festival de Cannes. El SACD (Sociedad de Autores), France 4 Visionary Award (Premio Revelación) y Le Grand Rail D’Or (Premio del público), son los galardones entregados a La tierra y la sombra.“A pesar de ser una película arraigada en la cultura de mi país, es maravilloso ver cómo han sentido y acogido la película. Realmente siento que pude compartir con todos lo que sentíamos. Solo quiero darle las gracias a todos porque es un gran honor”, dijo Acevedo al recibir la estatuilla del Premio del público.El filme era una de las dos producciones latinas que quedaron entre los siete finalistas de la Semana de la Crítica, elegidas entre 1.750 propuestas. El premio SACD es otorgado por un jurado compuesto por directores miembros de la Sociedad de Autores de Francia e incluye un reconocimiento de 4.000 euros. El France 4 Visionary Award, es patrocinado por el canal público France 4 y también entrega 4.000 euros. El premio Le Rails d’or es elegido por un jurado de cinéfilos miembros de la asociación ferroviaria Ceux du Rail, quienes analizan la acogida y aceptación que tiene el público al ver la película.La tierra y la sombra, fue grabada en las plantaciones de caña de azúcar en el Valle del Cauca. Cuenta la historia de Alfonso, un campesino que vuelve a su hogar tras 17 años de ausencia. Al regresar encuentra que todo lo que una vez conoció ya no existe y su familia está a punto de ser desplazada por una amenaza invisible.
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