3/3/14

Muere Alain Resnais, gigante del cine francés

El director de Hiroshima mon amour El año pasado en Marienbad  ha fallecido en París.  A sus 91 años tenía una de las filmografías más importantes del cine europeo

Alain Resnais fotografiado en el festival de Cannes en 2012. / Reuters./elpais.com
Alain Resnais, decano de la Nouvelle Vague, movimiento al que no perteneció plenamente (como Agnés Varda, Jaques Demy o Chris Marker estaba más cerca de la llamada corriente de la Rive Gauche ) ha muerto en París a los 91 años. Tras él queda una filmografía repleta de títulos memorables, como Hiroshima mon amour, La guerra ha terminado u On connait la chanson. Hombre inclasificable y de contagiosa vitalidad, trabajó mucho más allá de la jubilación.
Resnais no ha cesado de experimentar a lo largo de su dilatada y prestigiosa carrera. Inclasificable, constantemente revolucionando el séptimo arte, acababa de recibir el premio Adolf Bauer en el festival Berlín, el que recompensa las obras que “abren nuevas perspectivas” al cine por su último trabajo, Amar, beber, cantar , que saldrá en las salas francesas a finales de mes. El cineasta, que preparaba ya su próxima película, murió a los 91 años el sábado por la noche, al día siguiente de la gala de los César, un galardón que recibió hasta en cinco ocasiones.
Resnais era la encarnación misma del cine francés, capaz de aunar una “inmensa popularidad con una notable exigencia artística”, según destacó en la radio pública la ministra de Cultura, Aurélie Filippetti. “Siempre estaba allí donde no se le esperaba (…) Incluso a los 91 años sabía abrir nuevas vías”, añadió, en referencia a su último trabajo. “Francia ha perdido a uno de sus mayores cineastas”, lamentó por su parte el presidente François Hollande. “Recibió todas las distinciones y todos los premios. Pero lo que contaba para él, siempre era la próxima creación”, concluyó.
Alain Resnais y Ellen Burstyn en el rodaje de Providence.
“Alain ya no está, somos todos huérfanos: el cine francés, el cine a secas”, reaccionó Gilles Jacob, presidente del Festival de Cannes, que recompensó al director en 2009 por el conjunto de su carrera, aunque nunca llegó a darle la prestigiosa Palma de oro. “Se ha pasado la vida buscando y encontrando. Está vivo”, añadió Jacob, quien reclamó unos funerales nacionales para el director, al igual que hizo Italia cuando murió Fellini. De no hacerlo, sería “un abandono de gloria”.
Alain ya no está, somos todos huérfanos: el cine francés, el cine a secas”, reaccionó Gilles Jacob
Nacido el 3 de junio de 1922 en Vannes, en la Bretaña francesa, donde su padre era farmacéutico, se inició adolescente al arte cinematográfico. Con tan solo 13 años realizó su primer corto metraje y en 1943 se inscribió en el IHEC, la escuela de cine, en la sección de montaje, una disciplina cuya maestría demostró primer en sus sucesivos cortos, como Van Gogh (1948), premiado con un Oscar, Guernica (1950), Les statues meurent aussi (1953) y le Chant du styrène (1958). Culminó con el documental La noche y la niebla (1956), verdadero pistoletazo de salida a su carrera.
Se estrenó a lo grande en el largometraje de ficción con su mítica Hiroshima, mon amour, basada en el guión de Marguerite Duras. Era la primera película en no respetar la narración lineal y lo consagró así como uno de los padrinos de la Nouvelle Vague. El propio Jean-Luc Godard admitiría más tarde sus celos por aquella revolucionaria película. A los dos años, siguió otra obra magistral, El año pasado en Marienbad (1961), escrita con el padre del Nouveau roman, Alain Robbe-Grillet, película misteriosa y provocadora por la que recibió el León de Oro de la Muestra de Venecia.
En 1963, volvió a un cine más político con Muriel, donde abordaba entre otros el espinoso tema de la tortura en Argelia, y en 1966 con La guerra ha terminado, con guion de Jorge Semprún, quien se inspiró en su exclusión dos años del Partido Comunista Español. En 1967, participó en la película colectiva Lejos de Vietnam, en solidaridad con el pueblo vietnamita.
Como destacaba este domingo el diario Liberation, es difícil encontrar en los archivos una mala crítica de Resnais: sus películas eran magistrales o “simplemente buenas”. En su extensa filmografía siguieron entre otros Te amo, te amo (1968), Staviski (1973), Providence (1976), Mi tío de América (1980), La vida es una novela (1983), Muerte al amor (1984), Mélo (1986), Smoking/No Smoking (1993) o su gran éxito, On connait la Chanson (1997). Más recientemente había realizado En la boca no (2003), Asuntos privados en lugares públicos (2006), Les herbes folles (2009), recompensada con el Premio Excepcional del Jurado de Cannes, y Vous n’avez encore rien vu (2012).
Muy querido por sus compañeros, elegante, educado, siempre amable, sonriente, amante de la cultura clásica como de la popular, en particular la estadounidense de los musicales y del tebeo, la avalancha de reacciones durante el día daban idea de la importancia de la pérdida. Un “devastado” Pierre Arditi, actor fetiche del cineasta a partir de los ochenta junto a su esposa Sabine Azéma y a André Dussollier, recordó en la televisión BMF que “nada se parece menos a una película de Resnais que otra película de Resnais, siempre estuvo experimentando sin nunca copiar lo hecho anteriormente”. Aunque sin duda la gran pena para los amantes del séptimo arte, como resumía el delegado general del Festival de Cannes, “no es tanto que haya muerto Alain Resnais, es que ya no habrá películas de Alain Resnais”.

11/2/14

Muere Shirley Temple, molde de todas las niñas prodigio del cine

 La actriz ha muerto a los 85 años, según ha informado la BBC. Fue la gran estrella infantil de los 30 junto a su némesis, la atormentada Judy Garland. Participó en  Fort Apache, de Ford, pero su carrera adulta no tuvo éxito

 
Shirley Temple en su momento de esplendor./elmundo.es

Cantaba, bailaba, tenía unos mofletes como para comérselos, unos rizos rubios perfectos, ponía caritas... Hasta Vainica Doble le dedicó una canción, muchos años después. Fue el molde de todas las niñas prodigio que en el cine ha habido. Y ahora, la actriz y cantante Shirley Temple ha muerto a los 85 años, según ha informado la BBC.
Cualquiera sonreirá al pensar en Shirley Temple, la niña un poco repipi de 'La mascota del regimiento' o de 'Wee Willie Winkie'. Pero, un respeto, porque aquellas películas eran de John Ford (dos 'fords' menores, pero dos 'fords'), que también confió en ella para 'Fort Apache'. Y esto ya son palabras mayores. En aquel fuerte, Temple, no niña sino adolescente, enamoraba a apuestos tenientes, hacía de gata encerrada, de presencia turbadora. Y no, no estaba mal.
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En realidad, en ese momento, Temple parecía pero no era tan adolescente. Tenía 20 años y buscaba una manera de reinventarse, consciente de que sus años de esplendor habían pasado. La actriz fue, si no la pionera, si la gran niña del primer cine sonoro en los años 30 y 40, en competencia con Judy Garland (seis años mayor que ella), su némesis, su reflejo oscuro. Garland le quitó el papel de 'El mago de Oz', la película que culminó aquel cine, de modo que, de alguna manera, venció en su rivalidad con Temple. Pero también es verdad que se deslizó en seguida hacia la autodestrucción (alcohol, pastillas, intentos de suicidio, etcétera), mientras que Temple se limitó a engordar prudentemente, ligarse al Partido Republicano estadounidense y vivir su vida de antigua niña prodigio.
Pero eso fue mucho después. Todo empezó en 1932: los padres de Temple, gente de clase media de Santa Mónica, California, la apuntaron a escuelas de interpretación a los cuatro años. La cría tenía un nosequé irresistible y alguien la enganchó al 'sistema', el método industrial de hacer películas que desarrolló Hollywood en los años 30. Primero, en las ligas menores (Educational Pictures), después en Fox, después en la Twentieth... Eran los años de la depresión, y Estados Unidos demandaba películas luminosas y dulces. Shirley era su chica.
Shirley Temple, retratada por Salvador Dalí.
 
Llegó su momento de esplendor, el periodo 1935-1937: 'Heidi', sus películas con Ford, las producciones de lujo (durante sus primeros años, Temple trabajó en precariedad)... Pero duró poco. Sus películas de 1940 fueron un fracaso comercial, se le escapó 'El mago de Oz' y, en 1942, sus padres la mandaron a un internado para que descansara unos meses y reiniciara su carrera.
Volvió menos rubia, con la voz cambiada y con la estrella perdida. Fracasó en su intento de estar a la altura de Garland y Mickey Rooney en un musical, se casó a los 17, fue madre a los 20 y, pese a 'Fort Apache', a los 21, ya era una vieja gloria que ya casi no volvió a trabajar ante una cámara (algo de televisión).

5/2/14

Una editorial italiana publica la única novela escrita por Charles Chaplin, 'Footlights'

 Un siglo después de su debut en pantalla aparecerá  Footlights, novela en la que basó el guión de una de sus películas

Secuencia de la película Candilejas./lainformacion.com,20minutos.es

La editorial italiana Edizioni Cineteca di Bologna ha sacado a la luz la única novela del actor inglés y cómico adoptado estadounidense Charles Chaplin, que escribió a los 58 años y en cuyo argumento se basa la película Limelight (Candilejas en España) llevada a la gran pantalla en 1952.
El relato inédito ha permanecido guardado durante 66 años desde que se escribió, según ha explicado la editorial, y constituye "un caso único en la carrera de Chaplin, que llama la atención por la vivacidad de su estilo, el equilibrio narrativo y la libertad con la que va del estilo coloquial de la acción al aire dickensiano en la descripción de los personajes".
El biógrafo oficial y estudioso del artista, David Robinson, ha colaborado con la familia de este para reconstruir el relato a partir de los fragmentos manuscritos que se conservaban en el Archivo Chaplin y para "guiar al lector a la plena comprensión de la obra", que narra la historia de una bailarina y un payaso.
Según explican los responsables de la edición del texto, el argumento se basa en el "breve pero decisivo" encuentro que Chaplin mantuvo con el bailarín ruso Nijinsky y en sus vivencias en el mundo del teatro londinense.
Además del relato de 34.000 palabras, el libro está ilustrado con documentos y fotografías inéditas que han sido rescatadas del Archivo Chaplin y de "rarísimos testimonios iconográficos" de cómo era Londres durante los años de la juventud y la educación del artista.

2/2/14

Fallece el actor Philip Seymour Hoffman

El cadáver del actor, ganador del Oscar con Capote, ha sido encontrado esta mañana en su apartamento en Nueva York

El actor estadounidense Philip Seymour Hoffman. / Jeff Dunas. /elpais.com

Las noticias que llegaban sobre sus adicciones a los medicamentos y a la heroína, y sus entradas y salidas de clínicas de rehabilitación no hacían prever este fatal desenlace: el cuerpo de Philip Seymour Hoffmanha sido encontrado esta mañana en su apartamento de la calle Bethune en el neoyorquino barrio de West Village.La policía de Nueva York está investigando las causas de la muerte. El cadáver ha aparecido en el baño con una jeringuilla clavada, a su lado restos de lo que parece heroína en un sobre (en la casa han aparecido seis papelinas), y lo encontró un amigo guionista, a las 11.30. En The New York Times, un oficial de la policía asegura: "Está bastante claro que fue una sobredosis. La jeringuilla estaba en su brazo". El amigo se había acercado a casa de Hoffman porque el actor no había ido a recoger a sus tres hijos, el mayor de diez años, fruto de su larga relación, ya acabada, con la diseñadora de vestuario Mimi O'Donnell.
A sus 46 años, Seymour Hoffman estaba considerado uno de los más brillantes actores actuales. Ganador del Oscar por Capote, candidato tres veces más con La guerra de Charlie Wilson, La duda y The master,también tuvo una fructífera carrera en teatro: compitió dos veces por los Tony. Y en televisión también estuvo dos veces compitiendo por el Emmy. "Soy un perfeccionista, un problema si eres actor. Cada entrada en escena es la primera vez. Yo no repito tomas, sino que vuelvo a hacerlas. Son conceptos diferentes", contaba en una entrevista en el suplemento Tentaciones.
Durante toda su carrera este actor neoyorquino de cuerpo rechoncho, más alto de lo que parecía en pantalla e indudable bonhomía, luchó por la originalidad. Por mucho que se supiera que salía en el reparto, Hoffman, que se dejaba o quitaba la barba según lo pidiera el papel, desaparecía en favor de la película. Y si no, no hay más que recordar al periodista de Casi famosos, al técnico de sonido homosexual en rodajes porno de Boogie nights, al cura lascivo de Cold mountain, el enfermero de Magnolia, a su Truman Capote, al malo de Misión: Imposible III, al oficial de la CIA de La guerra de Charlie Wilson, al ambiguo padre Flynn de La duda, al entrenador de béisbol ajado de Moneyball, al cínico asesor político de Los idus de marzo o al hipnótico creador de una secta en The master. Si hubiera que escoger un intérprete de Hollywood del que podíamos esperar grandes trabajos en el futuro, ese era Hoffman, que aún así entendía la importancia de la colaboración. En una entrevista en EL PAÍS, el hoy fallecido aseguraba: "Los actores no competimos. Si caes en ese pique tu interpretación será nefasta. Es imposible un buen trabajo sin el apoyo de tus compañeros. Hay quien dice que actuar es como hacer el amor. Tampoco estoy de acuerdo. Es demasiado simplista pensar que actuar es lo mismo que seducir".
Participó en cinco de las seis películas de Paul Thomas Anderson
En mayo, Hoffman ingresó durante 10 días en una clínica de desintoxicación. Él mismo contó a la web 'TMZ' que estaba enganchado a las pastillas y que había estado esnifando heroína. Algo que le recordaba a su paso estudiantil, ya que mientras estudió en la Universidad de Nueva York ya se dio a varios excesos, que cortó radicalmente tras graduarse a los 22 años.
Hijo de un exejecutivo de Xerox y de una abogada, Philip Seymour Hoffman nació el 23 de julio de 1967. Su voz, que fue tornándose más grave con la edad, y su físico le ayudaron a encarnar papeles de mayor edad que la suya. Desde el instituto tuvo claro que lo suyo era actuar: ya en 1984 asistió a la escuela de teatro de la New York State Summer School of the Arts. Y al acabar el instituto participó en el Circle in the Square Theatre, un curso de actuación de verano. En 1989 se tituló en Interpretación en la la Tisch School of the Arts de la Universidad de Nueva York, donde fundó la compañía teatral Bullstoi Ensemble, junto a Benneth Miller, que años después le dirigiría en Truman Capote y enMoneyball. "A excepción de un par de años que me mudé a Los Ángeles por una relación sentimental, he vivido siempre en Nueva York y tiene su razón de ser. Es la capital del teatro. Pero también me gusta el cine. Me gustan las palabras desde antes incluso de aprender a leer. Y la voz. Soy muy consciente, en mis papeles, del tono de voz. Envejezco y mi energía y mi cuerpo son diferentes. Pero tengo las mismas inseguridades o la misma certeza en mi trabajo que tenía antes". Esa consciencia del material con el que contaba le hizo centrarse en una carrera repleta de secundarios, de personajes de esos que se comen a dentelladas a los protagonistas, los famosos robaplanos. "¿La gente? A veces me identifican con mis personajes, pero no saben quién soy".
Tras licenciarse, participó en un episodio de la serie Ley y Orden. En 1992 ya trabajó en cuatro películas, y la primera que estrenó fueEsencia de mujer. Entre esa decena de personajes secundarios de mitad de los noventa -Twister, Cuando un hombre ama a una mujer, La huida- está el que interpretó en Hard Eight, Sidney, la primera película de Paul Thomas Anderson, su director fetiche: ha estado en cinco de sus seis largometrajes. Llega la explosión de Hoffman: Boogie nights, Próxima parada Wonderland, Magnolia, El gran Lebowski, Happiness, State & Main, Casi famosos y El talento de Mr. Ripley.
Yo no repito tomas, sino que vuelvo a hacerlas. Son conceptos diferentes"
El siglo XXI lo inició con Con amor, Liza, un filme independiente rodado con 900.000 euros, escrito por su hermano Gordy y dirigido por su amigo Todd Louiso, en el que encarnó a uno de sus pocos protagonistas. Entre la treintena de trabajos de estos últimos 13 años están Embriagado de amor, Cold muntain, Y entonces llegó ella (todo actor tiene un borrón), Misión: Imposible III, la última noche...Y en 2005 Truman Capote, que le reportó un oscar más que merecido.
Recorrer su carrera es asistir a grandes títulos, a colaboraciones con enormes directores, como la que le unió con Sidney Lumet en Antes que el diablo sepa que has muerto, o con Richard Curtis en Radio encubierta.
En esa búsqueda de guiones y películas distintas, como Synecdoche, Nueva York o Increíble pero falso, siempre fue de la mano de Paul Thomas Anderson, que le regaló el papel de Lancaster Dodd, el fundador de una secta con evidente paralelismo con la Cienciología, enThe master.
Sus dos últimos estrenos en España han sido El último concierto, en el que encarna a un segundo violín de un talentoso cuarteto de cuerda, yLos juegos del hambre: en llamas, una serie que tendrá que replantearse ahora cómo retomar su personaje. Recién estrenada en Estados Unidos queda God's pockett, y pendiente aún de su lanzamiento comercial está la que puede que sea una enorme y postrera interpretación: la que regalaen A most wanted man, thriller dirigido por Anton Corbijn. Ambas fueron proyectadas en el pasado festival de Sundance.
En un comunicado, su familia ha declarado: "Estamos devastados por la pérdida de nuestro querido Phil y apreciamos las muestras efusivas de amor y apoyo que hemos recibido de todos. Esta es una pérdida trágica y repentina, y les pedimos que respeten nuestra privacidad durante este tiempo de duelo. Por favor, tengan a Phil en sus pensamientos y oraciones".

23/1/14

El día en que Quentin Tarantino se enfadó y hundió su proyecto

Hasta los más grandes tienen un mal día. Y Quentin Tarantino tuvo ayer uno malo malo. Por culpa de alguien cercano a él, o -la versión que parece que el cineasta cree- por culpa del representante de un actor cercano a él, el guion de su nuevo proyecto, el western The hateful eight, se había filtrado


Quentin Tarantino hunde su propio proyecto por filtración del guión/elpais.com
Y ayer, en una entrevista con la web Deadline, tras confesarse "muy muy deprimido", decidió cortar por lo sano: adiós al western, hará otra cosa: "Tengo diez ideas más en la cabeza".
ImagesCABJNA1HTarantino es un personaje muy goloso para la web, llena de fans sedientos de información sobre su idolatrado director. Ni tampoco era el primer guion del director de Pulp fiction que se filtraba: en mayo de 2011 ya le ocurrió con Django desencadenado. Tras el buen sabor que le dejó el rodaje de este western, Tarantino decidió que su siguiente proyecto también se desarrollaría dentro de este género, y que bebería de Los siete magníficos, y por tanto de su fuente original: Los siete samuráis.
Pero ya no será así -o al menos estos días, porque el mismo Tarantino dice en Deadline que puede cambiar de opinión-. Y sin embargo sí lo publicará: ha empezado a buscar editores. ¿Por qué? Porque alguien lo ha filtrado. El cineasta enseñó el guion -"Un primer borrador, porque yo no pensaba rodar hasta el invierno del año que viene"- a seis personas. Estaba tan en sus inicios que no había hablado aún mucho con Harvey Weinstein sobre la producción de The hateful eight. "Se lo di a uno de los productors de Django desencadenado, Reggie Hudlin, que permitió que un agente fuera a su casa y lo leyera". Tarantino le acusa de traición, pero aclara que él no es el culpable, porque el libreto no salió de la casa. "Se lo pasé a tres actores, Tim Roth, Michael Madsen y Bruce Dern. Sé que Tim no lo hizo, así que uno de los otros dos dejó que su agente lo leyera y a su vez se lo pasara a todo Hollywood".
Bruce_Dern_promo_187720244Tarantino descubrió la filtración porque su propio agente empezó a recibir llamadas de representantes ofreciendo a sus clientes para una película que al parecer era muy coral. Como el cineasta no había puesto marca de aguas en las copias no es fácil saber de quién es la culpa, aunque él sospecha de la todopoderosa agencia CAA, que lleva a Bruce Dern. "Ni siquiera se lo había enseñado a Christoph [Waltz] o a Sam Jackson". A la vez que The hateful eight, Tarantino estaba con otro guion, que estaba escribien do ante la lejanía del posible rodaje del western, del que no cuenta el género, así que será ese otro el que haga. "Si las musas me llaman para rodar posteriormente el western, lo haré". Lo que sí parece seguro es que Bruce Dern, tras su resurrección con Nebraska, estará en la próxima de Tarantino, sea cual sea, porque el cinesta se declara gran fan del actor, que ahora tiene 77 años.

20/1/14

Scorsese y el Sodoma y Gomorra de Wall Street Read

Bajo la advertencia de que podría ser su última película, el genial Martin Scorsese entrega con El lobo de Wall Street su trabajo más enloquecido

Jonah Hill y Leonardo Dicaprio en El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese

Protagonizada y producida por Leonardo DiCaprio, en la piel del broker Jordan Belfort, construye una colosal épica de ascensión y caída que se suma a los monumentales frescos de Uno de los nuestros y Casino. Llevado por el humor negro y el exceso, retrata el mundo financiero como un festín de sexo, drogas y dólares
En la carta que Martin Scorsese le escribe a su hija, publicada en L'Espresso el pasado 2 de enero, el director neoyorquino entona algo parecido al canto fúnebre de su oficio: “En los últimos años, me he dado cuenta de que la idea del cine con la que crecí, de las películas que te mostré de pequeña [...], está llegando a su final”. Le escribe también a su hija Francesca (actriz nacida en 1999) que, en todo caso, no ve el futuro con pesimismo, que ese “futuro será brillante porque por primera vez en la historia de esta forma de arte, las películas se pueden hacer con muy poco dinero”.
Es posible que su último trabajo, El lobo de Wall Street, que ha costado la friolera de cien millones de dólares y siete años de trabajo mano a mano con Leonardo DiCaprio (protagonista y productor de la cinta), la haya realizado desde la conciencia de que representa un final de ciclo. Para él y para el cine. De hecho, amenaza Scorsese con que esta gran épica basada en las desquiciadas, honestas memorias del broker Jordan Belfort (editadas por Planeta) pondrá fin a su carrera cinematográfica. Sería sin duda un digno colofón a su filmografía, pues a su manera el filme se ofrece como culminación de un discurso en torno al exceso y el sentido moral de la naturaleza humana, la que ha explorado de forma obsesiva durante décadas; pero sería también una lamentable pérdida para el arte cinematográfico.
Pocos cineastas de su generación, aquella que reinventó el sistema de estudios hollywoodense, han sobrevivido con el prestigio intacto, pocos han sabido bailar al ritmo del cine contemporáneo sin perder el paso. A sus 71 años, la energía de su cine se resiste a envejecer. “He tenido que encontrar una energía más furiosa”, explica el cineasta a propósito de El lobo de Wall Street, una enfebrecida épica americana de ascensión y caída de tres horas de duración propulsadas por el motor de la cocaína, capaces de alumbrar varios de esos momentos memorables que han hecho tan grande al autor de Taxi Driver.
Tremendamente ambiciosa, todo en la película parece diseñado desde la conciencia de que Scorsese quería firmar una nueva, quizá una última, obra maestra. Y así, desde luego, será celebrada por muchos. Especialmente por la confortable tradición que aún busca obras perfectas en el contexto de un cine contemporáneo que admiramos precisamente por su elogio a la imperfección. El lobo de Wall Street es un filme lunático, fuera de órbita, poseído por el desenfreno. “¿Qué sentido tendría realizar una película que expone la corrupción en el mundo financiero de un modo convencional?”, se pregunta el cineasta. “¡Eso ya se ha hecho!”. La experiencia de su visionado puede apelar a los efectos del consumo de estupefacientes, esos que habitan en prácticamente cada plano del filme para glosar el festín de codicia y de hedonismo que se apoderó de los mercados bursátiles de los años ochenta en adelante. Pareciera que todo aquello que le interesó a Scorsese del documentalInside Job (2010, Charles Ferguson) en torno a la crisis financiera es el bloque en el que describe la fauna de Wall Street como una manada hambrienta de putas y cocaína. Y el líder de la manada fue Belfort.



Leonardo Dicaprio lleva al límite su interpretación de Belfort.

En el universo de Scorsese, Wall Street solo podía ser retratado como el equivalente de la Mafia. “Jordan Belfort es el hermano de Henry Hill, el protagonista de Uno de los nuestros -sostiene el director-. Su último objetivo es el mismo, el dinero, las chicas, la cocaína, y la jerarquía de Wall Street tiene una estructura similar a la de la Mafia. Puede que cambie el decorado, que la amoralidad sea más política, pero son la misma cosa”. Así que los gánsters son ahora los brokers de la Bolsa, las pistolas de aquéllos son los teléfonos de estos, los charcos de sangre son los fajos de billetes. “¡Stratton Oakmant es América!”, grita Belfort. Y así es, la firma bursátil que dirige con orgullo, que marcó un antes y un después en Wall Street (ganando cientos de millones de forma fraudulenta y a costa de la ignorancia de los pobres), es la expresión encarnada de las prácticas más ruines del capitalismo. Más tarde, perseguido por el FBI, Belfort alzará otro grito en esta película tan gritona: “Fuck America!”. Y claro, el círculo se cierra. Su comportamiento no es tanto el de un mafioso como el de una estrella del rock en una perpetua orgía de sexo y drogas y dólares. Sodoma y Gomorra en el corazón financiero de Occidente.
Como le advierte su padre en un momento dado, empleando una de esas frases subrayadas en el guion, los excesos le acaban pasando factura a Belfort. Y quizá esa factura también la paga el conjunto de la película, que en su poética del exceso, casi pasoliniana, limítrofe con el delirio, no encuentra el freno de mano. El lobo de Wall Street avanza sin modulación alguna, sin apenas inflexiones. Empieza en lo más alto y ahí se mantiene. Como si Scorsese nos quisiera demostrar, en la era cibernética, que el cine ya no es una cuestión de luces y sombras, de control y descontrol, de contrastes. Nos invita a habitar la locura de un mundo que se colaba por el sumidero del placer y la locura, acaso para que al final nos sintamos también culpables. “Todos somos cómplices del desfalco financiero global, en el sentido de que hemos permitido que la cultura se convierta en algo donde la única cosa que tiene un sentido genuino es el dinero”, reflexiona el cineasta.
Como Uno de los nuestros (1990), como Casino (1992), como Gangs of New York(1995), El lobo de Wall Street emerge como el último tapiz scorsesiano de los cimientos inmorales de América. Otra crónica de irrefrenable éxito y de imposible redención armada con el vigor, la energía y el relieve que solo Scorsese sabe conferir a las imágenes, embarcándonos en un frenético carrusel que no cesa de ofrecerse como un documento antropológico y como un espejo moral de nuestro tiempo. Hay algo crucial, sin embargo, que diferencia su último trabajo de aquellos frescos monumentales: el humor. A su modo, El lobo de Wall Street quizá está más cerca de El rey de la comedia (1982) que de cualquiera de sus películas. A ratos es un filme condenadamente divertido en su desenfreno bacanal, la versión idealizada de lo que acaso Baz Luhrmann quiso hacer con El gran Gatsby y que Sorrentino llevó al éxtasis en La gran belleza. O también podría leerse como todo aquello que no fue la secuela de Wall Street de Oliver Stone o la adaptación de La hoguera de las vanidades. Hay donde elegir. Atrapa como no lo hace ninguna de estas películas el zeitgeist contemporáneo de avaricia, el reverso oscuro del sueño americano. Y lo atrapa desde la comedia negra. Es más, desde la sátira endemoniada.
En su naturaleza cocainómana, la película nos divierte, nos hace vibrar, nos mantiene despiertos y estimula nuestros sentidos. El vértigo es irrefrenable. El guion cocinado por Terrence Winter (escritor en Los Soprano y Boardwalk Empire), la edición de Thelma Schoonmaker (que recortó el filme de cuatro a tres horas por imposiciones del mercado) y la selección musical a cargo de Robbie Robertson (donde no falta el protagonismo de Howlin' Wolf) pro- pulsan la historia con una clase de desenfreno que convierten el ritmo cardíaco de Uno de los nuestros en un flujo pausado. Con el acostumbrado uso de la voz en off tan propio de las épicas scorsesianas, Belfort narra su peripecia en modo documental, en flashback, mediante monólogos interiores, protagonizando spotscomerciales (extraordinario arranque) o rompiendo la cuarta pared. La energía es arrolladora, la puesta en escena frenética, el montaje bombástico. 

Forzando la máquina

Leonardo Dicaprio lleva al límite su interpretación de Belfort.

De nuevo, como tantas veces ha hecho con Robert de Niro, Scorsese lleva a sus actores hasta el límite. Los retratos de Belfort y sus socios se resuelven entre el realismo y la caricatura, como si buscaran la aleación entre John Cassavetes y Jerry Lewis. Las aceleradas interpretaciones de Leonardo Dicaprio y Jonah Hill cruzan las fronteras de la intensidad. Protagonizan una escena en la cocina de Belfort brutalmente física, un desafío al que ninguno de ambos actores se había enfrentado antes, mientras que DiCaprio, en una secuencia crucial en un Club de Campo, somete su cuerpo, paralizado por el abuso de drogas, a increíbles contorsiones. “Suelo pedir a los actores que den menos para expresar más, pero en este caso fue lo contrario. Les pedí que en todo momento se pusieran al límite de la escena -explica Scorsese-. Nunca he dado tanto espacio para la improvisación a los actores”. El extravagante cameo de Matthew McConaughey al principio del filme parece establecer el tono. A partir de entonces comprendemos que todo puede pasar en este viaje enfebrecido por la locura financiera.
En la convicción de Scorsese de que había que forzar la máquina hasta que chirriara, la narración de la épica se ve invadida por todo tipo de florituras y de ingenios formales, que de nuevo ponen de manifiesto el talento del director deCasino para sujetar en firme al espectador durante el tiempo que se le antoje, hasta acabar probablemente exhausto y trastocado. El lobo de Wall Street funciona como un ataque continuado a los sentidos, una cadena de zarpazos a los estímulos del espectador. Su sintaxis es su contenido.
Si algo hay que objetar a una película que ha dividido necesariamente a la crítica, es que la compulsión irrefrenable carece de la indignación necesaria tratando el tema que trata, como si Scorsese estuviera más atento a los manierismos de un estilo tomado barroco y autocomplaciente que al sustrato humano que respiran obras tan inapelables como Malas Calles o Toro salvaje.Belfort y sus compinches no son humanos, sino construcciones de la decadencia. Frente al torrente de energía cómica y hedonista del filme, canalizando toda suerte de placeres y distorsiones, corremos el riesgo de olvidar qué es exactamente lo que celebrábamos. O si realmente había algo que celebrar.