17/3/17

Señorita María, la reivindicación de una mujer que nació en cuerpo de hombre

Un documental de Rubén Mendoza exalta la vida de una campesina colombiana marginada por su identidad
María Luisa Fuentes, protagonista de Señorita María, la falda de la montaña

La señorita María era un rumor. Usaba falda, tenía el pelo largo y se rasuraba la barba todas las mañanas. La señorita María cuando montaba en su caballo lo hacía sentada de lado, como dicen que lo hacen las damas. También se le veía caminando con animales por la carretera hacia Boavita, un pueblo en Boyacá. Rubén Mendoza (1980) había escuchado de ella desde que era niño y su papá lo llevaba a esas montañas frías en donde su abuela vivía. Siempre le causó curiosidad. Cuando la vio, muchos años después, frenó en seco su carro y le preguntó cualquier cosa. Quería detallarla. El rumor estaba ahí, llevando un par de vacas, vestida con una falda y un par de trenzas tejidas en su larga melena.
Después de una beca que lo mantuvo lejos de Colombia, Rubén regresó. Se reencontró con la señorita María y empezó la historia, que diez años después conmueve a quienes ya vieron el estreno del documental Señorita María, la falda de la montaña. En el Festival de Cine de Cartagena, en donde se presentó la semana pasada, Mendoza se llevó el premio a mejor director y María Luisa Fuentes supo qué era caminar sin recibir burlas y ser reconocida como una mujer, a pesar de que haber nacido en el cuerpo de un hombre.
No fue fácil derribar los muros que, sin querer, había levantado su apariencia en el pueblo conservador en el que nació (de allí son los Chulavitas, el primer grupo armado de derecha). “Después de unos meses de grabación se me escondió. Estuvo dos años negándose, evitando hablar con nosotros”, cuenta el director a ELPAÍS. María se ocultaba en la punta de la montaña y desde ahí veía cuando el equipo de producción llegaba, la buscaba, esperaba, se iba. Mendoza, a punta de mensajes, empezó a acercarse. Se volvieron amigos.  La relación trascendió a la de un director frente a un personaje. “Logré su confianza con sinceridad, con admiración genuina. Nunca la quise filmar para mostrar miseria. ¡Para eso me voy al Congreso!”, dice, directo como siempre. La historia de María Luisa va más allá de mostrar a una campesina transexual. Es un retrato de una fuerza descomunal y femenina, en palabras del director, que descubrió en ella la que podría ser una radiografía universal. En María hay soledad, dolor, pero también humor, ternura, luz. No fue de otra manera que el proyecto logró mantenerse por seis años. Fue una grabación larga y de mucha paciencia.
Rubén y su equipo se sentaron durante horas con calma en el patio de la casa de María; es decir, en la montaña, a esperar un eclipse, a que se asomara un arcoíris, a que se corriera una nube, a que saliera ese rayo de sol que terminó iluminando sus palabras cuando recordaba los dolores que había sufrido, las ausencias con las que había crecido o las veces que había dejado en manos de Dios el castigo para los que la ofendían. “La fuerza de María está en su alma, en su amor por los animales, en su fe”, dice Mendoza.
María Luisa tiene 45 años y está viva de milagro. Colombia es un país violento con el que piensa diferente o el que se sale de la norma. Su pueblo, conservador y católico, la apartó. Tuvo que marginarse y aferrarse a que ocurriera un milagro. Soñaba que tenía un hijo. “Un niño. ¡Ay, esa es alegría para mí!”, exclama con naturalidad. Pudo ser lo que quiso. En medio de su soledad encontró la fuerza para no quebrarse, para ser digna y valiente en un país en donde ser mujer y campesina es de por sí motivo de exclusión.
Mendoza se mantiene en un cine documental que logra un retrato que supera un simple personaje. Pone frente a la pantalla a personas de intensa humanidad y a través de ellas muestra qué tan cruel puede ser el mundo, pero sobre todo en dónde está la fuerza para no dejarse caer. “María empieza a entender el sentido de la dignidad. Es una persona que estaba convencida de que tenía que avergonzarse por ser lo que sentía, pero que descubre que su historia es valiosa, que su vida importa, que la quieren escuchar”. Y abrazarla. Como si con el contacto se pudiera contagiar algo de la fortaleza de la que está hecha María.
“Mi Dios hizo de todo: feos y bonitos, pero para Él todo es bonito. Para mi Dios somos iguales. Esa es la belleza”, dice ella. Cuando sonríe, casi siempre que habla de Dios, se le forman dos hoyuelos en las mejillas.